|
“¡Jesús
María y Jos...!” Doña Rigo se desvanece y cae
sobre la estatua de San Martín. Un devoto que
rezaba frente a la imagen del Señor de los
Recuerdos voltea asustado y corre en auxilio de
doña Rigo. La señora yace tirada en el piso de
piedra con las piernas dobladas, los brazos
abiertos y los ojos blancos de espanto y vueltos
hacia atrás. El feligrés la toma en los brazos y
la abanica con su sombrero. Después va a la pila,
moja su paño en agua bendita y regresa para
mojarle la frente. Ella vuelve en sí y él le
pregunta,
“¿Qué le pasó señor?”
“Acabo de ver al padre Gabriel,” contesta con
voz temblorosa, “y me quiso decir algo pero el
miedo me ganó.”
El padre Gabriel tenía un año de muerto. Él
había sido el párroco de esa pequeña iglesia en
Tijuana por más de una década. La gente de su
congregación lo estimaba mucho y aun permanecía
confusa por la razón de su suicidio. Lo habían
encontrado colgando de una de las vigas que
sostenía la campana de la parroquia. Fue una
noche de mucho viento. El ventarrón columpiaba
al cadáver y sus pies alcanzaban a tocar la
campana haciendo un tenue sonido de tan, tan,
tan como el que por diez años había emitido la
campana para llamar al rebaño.
Nunca se supo la razón de su desilusión con la
vida pero se tenían sospechas. El padre Gabriel
había sido un ser que amaba los eventos sociales,
ayudar a los necesitados y abogaba por la
educación de los niños de su parroquia. Sus
feligreses gozaban de un fondo parroquial para
ayudar con las cuotas escolares, el costo de
útiles y uniformes. Las fiestas navideñas
siempre estuvieron acompañadas de bailes,
quermeses y ferias donde se recaudaban fondos
suministrados a los más necesitados. Las fiestas
navideñas del padre Gabriel tenían fama de hacer
el mejor espectáculo de juegos pirotécnicos con
el clásico torito y el castillo de corona
voladora.
Durante la última navidad de vida del padre
Gabriel, la colonia sufrió la pesadilla de vivir
un horrendo crimen. Dos niños y una niña de la
colonia habían desaparecido. Uno de estos niños,
llamado Sebastián, había sido monaguillo de la
parroquia y el padre Gabriel le había tomado una
estimación especial. Sebastián tenía once años y
el párroco le había otorgado una beca a su
familia para que siguiera sus estudios en la
secundaria el próximo año.
Sebastián y su hermanita, junto a un vecinito de
ellos, habían desaparecido durante la última
quermés del año. Las autoridades tomaron parte
en el asunto pero nada pudieron lograr. Los
padres de los niños temían lo peor pero no
perdían las esperanzas de volver a verlos. Las
historias que se paseaban de boca en boca en
Tijuana de lo que traficantes hacían con los
niños trastornaban los sentimientos de sus
padres. El párroco acompañó a los padres de
estos e hizo todo lo que pudo para ayudar en la
búsqueda de los niños.
“Paciencia hija mía” consolaba el padre Gabriel
a la madre de Sebastián, “tu niño y tu niña
aparecerán, sólo ten fe en Dios.”
“Ya no sé que pensar padre,” sollozaba la pobre
mujer. Se pusieron anuncios en todos los medios
de comunicación y las radiofusoras omitían estas
plegarias desde sus torres. Lucharon por
encontrarlos pero nada se pudo lograr. Los
padres habían perdido ya casi toda esperanza.
Una madrugada el papá de Sebastián salió de su
casa para esperar su raitero y partir rumbo a su
trabajo en San Diego. Al cerrar el portón de su
casa, se tropezó con un bulto en costal de
frijol. Abrió los ojos quitándose el sueño de
encima y miró otro bulto más. Su corazón arreció
y temía ver el contenido del costal. Sacó sus
pinzas podadoras que cargaba en el cinturón y
cortó la áspera tela café. Vio que una bolsa
plástica y negra envolvía algo y un tufo a carne
cruda lo hizo fruncir la nariz. La abrió
desesperadamente y encontró lo que más temía.
Era su hijito Sebastián. Un cadáver con un
rostro sin ojos y un torso abierto sin vísceras.
Los huecos donde habían estado los bellos ojos
de su niño lo miraban con oscuridad y tristeza y
la cavidad de su pecho vacía y sin amor por
falta de un corazón. El señor no sabía si llorar
o gritar, si agradecerle a Dios por haber visto
a su hijo una última vez o si maldecirlo por
permitirle vivir un infierno. No pudo más y se
sentó en la banqueta tapándose los ojos para no
seguir viendo más aquel hallazgo tan
espeluznante y cruel.
El raitero nunca llegó y el padre de Sebastián
permaneció en estado de shock asta que una
vecina que iba rumbo al mercado pasó y encontró
los cadáveres y al hombre desahuciado. Las
patrullas llegaron y después confirmaron que
efectivamente, uno de los cadáveres era de
Sebastián y el otro el del niño vecino. La niña
no había aparecido y creían que había corrido la
misma suerte y que era cosa de tiempo para
encontrarla igual. El padre Gabriel efectuó la
extrema unción y durante la ceremonia no pudo
contener las lágrimas. La colonia se vistió de
negro y aunque se sospechaba lo que había pasado
con los niños, nadie se atrevía a decir nada.
Para la familia de Sebastián, era sólo otro acto
más que se iría impune al ablovio.
El padre Gabriel se vió muy mal de los nervios y
la diócesis le ordenó que tomara una semana de
retiro para que se repusiera en una localidad
que pertenecía a la iglesia en Rosarito. Los
feligreses vieron muy mal esto y sin entender el
estado emocional del padre o las estrictas
instrucciones del obispo, concluyeron que al
padre Gabriel no le importaba el dolor que la
colonia sufría y el miedo a que volviera a
repetirse un secuestro.
Durante su ausencia, otro niño desapareció. El
niño también había sido monaguillo y sólo tenía
ocho años. Cuando el padre Gabriel regresó,
muchos lo culpaban indirectamente de los sucesos.
Unos se atrevieron a decir que tal vez él había
sido el secuestrador y asesino de los niños para
vender sus órganos a los gabachos. Decían que
qué casualidad que eran ya dos monaguillos los
desaparecidos junto a la hermana y el vecino de
uno de ellos. El párroco no sabia de estas
acusaciones y jamás se las hubiera imaginado.
Nadie le comunicó el murmuro de la colonia y
parecía que los sucesos lo metían en una
depresión más y más profunda.
Un año antes del incidente de doña Rigo, el
raitero del padre de Sebastián llegó a
confesarse. Ya eran las siete de la tarde y el
padre Gabriel estaba a punto de cerrar la
iglesia cuando entra este hombre. El padre
regresó al confesorio, se puso la estola y se
preparó para confesarlo. Al raitero se le
divisaban unas ojeras profundas, unos labios
resecos y blancos. El padre Gabriel notó un olor
a alcohol pero prosiguió como de costumbre.
“Ave María purísima.”
“Sin pecado concebida.”
“Dime hijo, ¿en qué has pecado?”
“Ya no aguanto padre, el dinero me llevó al
infierno. Yo sólo quería hacerme una lanita pero
no sabía que...”
“Dime.”
“Que... que los iban a descuartizar.” El padre
se alarma y no entiende,
“¿A quién descuartizaron?”
“A los niños padre, a los niños de la colonia.”
El padre pierde su compostura y la violencia se
apodera de él.
“¡Maldito perro!” El padre se quita la estola y
se le tira a golpes dentro del confesorio. El
raitero se escapa, se levanta y el padre queda a
espaldas de malhechor. El raitero lo toma por
detrás metiendo su antebrazo en el cuello del
padre y le aplica una llave china. Cuando el
cura pierde la conciencia, el asesino corre a
cerrar las puertas de la iglesia y se toma unos
cuantos minutos para decidir que hacer con el
cuerpo. Decide arrastrarlo hasta el campanario,
sube las escaleras de la torre y lo cuelga con
la soga sobrante de la campana.
La oscuridad se apodera de la colonia y en toda
la noche se escucha un tenue sonido de campana.
|