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El Llamado de la Campana

By José Vicente González  

“¡Jesús María y Jos...!” Doña Rigo se desvanece y cae sobre la estatua de San Martín. Un devoto que rezaba frente a la imagen del Señor de los Recuerdos voltea asustado y corre en auxilio de doña Rigo. La señora yace tirada en el piso de piedra con las piernas dobladas, los brazos abiertos y los ojos blancos de espanto y vueltos hacia atrás. El feligrés la toma en los brazos y la abanica con su sombrero. Después va a la pila, moja su paño en agua bendita y regresa para mojarle la frente. Ella vuelve en sí y él le pregunta,

“¿Qué le pasó señor?”

“Acabo de ver al padre Gabriel,” contesta con voz temblorosa, “y me quiso decir algo pero el miedo me ganó.”

El padre Gabriel tenía un año de muerto. Él había sido el párroco de esa pequeña iglesia en Tijuana por más de una década. La gente de su congregación lo estimaba mucho y aun permanecía confusa por la razón de su suicidio. Lo habían encontrado colgando de una de las vigas que sostenía la campana de la parroquia. Fue una noche de mucho viento. El ventarrón columpiaba al cadáver y sus pies alcanzaban a tocar la campana haciendo un tenue sonido de tan, tan, tan como el que por diez años había emitido la campana para llamar al rebaño.

Nunca se supo la razón de su desilusión con la vida pero se tenían sospechas. El padre Gabriel había sido un ser que amaba los eventos sociales, ayudar a los necesitados y abogaba por la educación de los niños de su parroquia. Sus feligreses gozaban de un fondo parroquial para ayudar con las cuotas escolares, el costo de útiles y uniformes. Las fiestas navideñas siempre estuvieron acompañadas de bailes, quermeses y ferias donde se recaudaban fondos suministrados a los más necesitados. Las fiestas navideñas del padre Gabriel tenían fama de hacer el mejor espectáculo de juegos pirotécnicos con el clásico torito y el castillo de corona voladora.

Durante la última navidad de vida del padre Gabriel, la colonia sufrió la pesadilla de vivir un horrendo crimen. Dos niños y una niña de la colonia habían desaparecido. Uno de estos niños, llamado Sebastián, había sido monaguillo de la parroquia y el padre Gabriel le había tomado una estimación especial. Sebastián tenía once años y el párroco le había otorgado una beca a su familia para que siguiera sus estudios en la secundaria el próximo año.

Sebastián y su hermanita, junto a un vecinito de ellos, habían desaparecido durante la última quermés del año. Las autoridades tomaron parte en el asunto pero nada pudieron lograr. Los padres de los niños temían lo peor pero no perdían las esperanzas de volver a verlos. Las historias que se paseaban de boca en boca en Tijuana de lo que traficantes hacían con los niños trastornaban los sentimientos de sus padres. El párroco acompañó a los padres de estos e hizo todo lo que pudo para ayudar en la búsqueda de los niños.

“Paciencia hija mía” consolaba el padre Gabriel a la madre de Sebastián, “tu niño y tu niña aparecerán, sólo ten fe en Dios.”

“Ya no sé que pensar padre,” sollozaba la pobre mujer. Se pusieron anuncios en todos los medios de comunicación y las radiofusoras omitían estas plegarias desde sus torres. Lucharon por encontrarlos pero nada se pudo lograr. Los padres habían perdido ya casi toda esperanza.

Una madrugada el papá de Sebastián salió de su casa para esperar su raitero y partir rumbo a su trabajo en San Diego. Al cerrar el portón de su casa, se tropezó con un bulto en costal de frijol. Abrió los ojos quitándose el sueño de encima y miró otro bulto más. Su corazón arreció y temía ver el contenido del costal. Sacó sus pinzas podadoras que cargaba en el cinturón y cortó la áspera tela café. Vio que una bolsa plástica y negra envolvía algo y un tufo a carne cruda lo hizo fruncir la nariz. La abrió desesperadamente y encontró lo que más temía. Era su hijito Sebastián. Un cadáver con un rostro sin ojos y un torso abierto sin vísceras. Los huecos donde habían estado los bellos ojos de su niño lo miraban con oscuridad y tristeza y la cavidad de su pecho vacía y sin amor por falta de un corazón. El señor no sabía si llorar o gritar, si agradecerle a Dios por haber visto a su hijo una última vez o si maldecirlo por permitirle vivir un infierno. No pudo más y se sentó en la banqueta tapándose los ojos para no seguir viendo más aquel hallazgo tan espeluznante y cruel.

El raitero nunca llegó y el padre de Sebastián permaneció en estado de shock asta que una vecina que iba rumbo al mercado pasó y encontró los cadáveres y al hombre desahuciado. Las patrullas llegaron y después confirmaron que efectivamente, uno de los cadáveres era de Sebastián y el otro el del niño vecino. La niña no había aparecido y creían que había corrido la misma suerte y que era cosa de tiempo para encontrarla igual. El padre Gabriel efectuó la extrema unción y durante la ceremonia no pudo contener las lágrimas. La colonia se vistió de negro y aunque se sospechaba lo que había pasado con los niños, nadie se atrevía a decir nada. Para la familia de Sebastián, era sólo otro acto más que se iría impune al ablovio.

El padre Gabriel se vió muy mal de los nervios y la diócesis le ordenó que tomara una semana de retiro para que se repusiera en una localidad que pertenecía a la iglesia en Rosarito. Los feligreses vieron muy mal esto y sin entender el estado emocional del padre o las estrictas instrucciones del obispo, concluyeron que al padre Gabriel no le importaba el dolor que la colonia sufría y el miedo a que volviera a repetirse un secuestro.

Durante su ausencia, otro niño desapareció. El niño también había sido monaguillo y sólo tenía ocho años. Cuando el padre Gabriel regresó, muchos lo culpaban indirectamente de los sucesos. Unos se atrevieron a decir que tal vez él había sido el secuestrador y asesino de los niños para vender sus órganos a los gabachos. Decían que qué casualidad que eran ya dos monaguillos los desaparecidos junto a la hermana y el vecino de uno de ellos. El párroco no sabia de estas acusaciones y jamás se las hubiera imaginado. Nadie le comunicó el murmuro de la colonia y parecía que los sucesos lo metían en una depresión más y más profunda.

Un año antes del incidente de doña Rigo, el raitero del padre de Sebastián llegó a confesarse. Ya eran las siete de la tarde y el padre Gabriel estaba a punto de cerrar la iglesia cuando entra este hombre. El padre regresó al confesorio, se puso la estola y se preparó para confesarlo. Al raitero se le divisaban unas ojeras profundas, unos labios resecos y blancos. El padre Gabriel notó un olor a alcohol pero prosiguió como de costumbre.

“Ave María purísima.”

“Sin pecado concebida.”

“Dime hijo, ¿en qué has pecado?”

“Ya no aguanto padre, el dinero me llevó al infierno. Yo sólo quería hacerme una lanita pero no sabía que...”

“Dime.”

“Que... que los iban a descuartizar.” El padre se alarma y no entiende,

“¿A quién descuartizaron?”

“A los niños padre, a los niños de la colonia.” El padre pierde su compostura y la violencia se apodera de él.

“¡Maldito perro!” El padre se quita la estola y se le tira a golpes dentro del confesorio. El raitero se escapa, se levanta y el padre queda a espaldas de malhechor. El raitero lo toma por detrás metiendo su antebrazo en el cuello del padre y le aplica una llave china. Cuando el cura pierde la conciencia, el asesino corre a cerrar las puertas de la iglesia y se toma unos cuantos minutos para decidir que hacer con el cuerpo. Decide arrastrarlo hasta el campanario, sube las escaleras de la torre y lo cuelga con la soga sobrante de la campana.

La oscuridad se apodera de la colonia y en toda la noche se escucha un tenue sonido de campana.  

 

What is it?
 
  Photography
Nancy Pelayo
Miguel Guerra
 
  Arts
Efrain Velazquez
Alicia Paez
Xavier Flores
Karina Avalos
 
  Poetry
Joseph Frankina III
Alicia Paez
Jesse De La Cruz
Melissa Fuentes
Professor Christina Cortez
Marlene Chavez
 
  Fiction

El Llamado de la Campana

 
  Creative Non-Fiction
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